Lo decíamos en El Papelón #22. Entonces, para fracturar el futuro que ya llegó hace rato, podemos revisar lo conocido en el único umbral que el tiempo nos reserva: el presente. Empecemos por acá: poner en crisis las matrices que forjan nuestra identidad nacional, des-cubrir aquellas marcas de odio, racismo y repulsión social.

MIEDO A LA BARBARIE

Cuando Rivadavia, hace dos siglos y siendo el primer presidente de la Confederación Argentina, contrataba al general prusiano Friedrich Rauch para conquistar el desierto pampeano y darle solución final a los pueblos ranqueles y mapuches, inauguraba un proyecto de país con decidida continuidad colonial

Contraer deuda externa con los ingleses Baring Brothers, ceder las tierras públicas a los grandes estancieros o despojar a los pueblos originarios de su suelo fueron algunas de las semillas que Rivadavia sembró para la naciente patria. Fue el primero, pero no el último. Todos los proyectos de patria grande que soñaron Gervasio Artigas, Juana Azurduy o Miguel de Güemes quedaron atrás una vez expulsado el español de estas tierras.

Alguna vez las élites argentinas construyeron un proyecto de país soberano, alejado del colonialismo? Hilemos más fino, cuántas estatuas y calles tiene el genocida Roca? Cuántos presidentes afirmaron que “somos hijos de los barcos”? Acaso los saberes populares integran la currícula de la Universidad pública? Por qué el Censo Nacional todavía pregunta si nos reconocemos descendientes de pueblos originarios? Y cuántos corchos quemados se gastan en los actos escolares? Develar que la identidad argentina es racista y que se gesta a base de genocidios y etnocidios es un buen punto de partida, sobre todo en épocas de efervescente nacionalismo futbolero y desalojos de familias mapuches en agenda.

Tal vez fueron los trenes los que ayudaron a que las burguesías mercantiles y los estancieros construyeran un enemigo común al progreso nacional: la barbarie, encarnada en el indio que vive en el “desierto”, escenario propicio para el colonialismo interno. Desde este mandamiento se edificó el ideario nacional, que Sarmiento popularizó sentenciando un binarismo irreconciliable: civilización o barbarie.

El mal que aqueja a la República Argentina es su extensión. Al sur y al norte, acéchanla los salvajes, que aguardan las noches de luna para caer, cual enjambre de hienas, sobre los ganados que pacen en los campos y sobre las indefensas poblaciones (…)”.
“Facundo” – Sarmiento

Por un lado, el indio inculto como amenaza, el gauchaje marrón sinónimo de atraso y barbarie. La negación de la diversidad. Por el otro, la cruzada del hombre blanco para civilizar el desierto con inmigración europea y “progresar”… Los ejemplos abundan. Hombres. Blancos. Académicos. Aporteñados que miran hacia Europa como si allí brillaran espejitos de colores. Construyen un sentido de identidad nacional por negación. Con discursos de odio, racistas, clasistas y patriarcales. Cinco siglos igual? Una cárcel de larga duración. El racismo, como las violencias patriarcales o los ecocidios comen del mismo plato.

Descolonización epistemológica. El pachakuti está sucediendo

Nadie cuestionó, en los debates parlamentarios de hace 150 años, que la Ley de Inmigración y Colonización de Avellaneda se llevaba puesto montes, llanuras, bosques y pastizales para someterlos al monocultivo agroexportador. Hoy, en cambio, casi nadie duda de que el actual modelo sojero, minero o de hidrocarburos genera desigualdad social y ecológica y algunos debates como el de la Ley de Humedales está en el tintero desde hace años. El cambio radica en que la racionalidad occidental (que propone que el hombre es dueño de la naturaleza y no parte de ella) está siendo cuestionada y la forma hegemónica de entender el mundo presenta fisuras que no cierran por ningún lado. La dominación de la naturaleza, su extractivismo naturalizado y consumido a diario, sólo es posible si se colonizan otras formas de entender el mundo y de vivir en él. Violencia epistémica?

Volviendo al contexto en que se inventa nuestra querida nación, el clásico “Martín Fierro” retrata al gaucho encomendado a la frontera para doblegar al indio, a servicio del modelo agroexportador. Así se educa al pueblo, en la naturalización del colonialismo interno. Pero era José Hernández quien escribía o acaso un proyecto de país quien empuñaba su pluma?  

No hay que ir muy lejos de estas tierras para seguir encontrando huellas de las violencias. El arqueólogo Carlos Ceruti nos cuenta que a inicios de 1600, africanos libertos se asentaron a orillas del Arroyo Leyes y produjeron obras cerámicas de uso ritual que recién fueron desenterradas tres siglos más tarde, hacia 1930. Pero, como su forma no se correspondía ni con la cerámica local ni con el estilo colonial, y como en Santa Fe se oculta que durante siglos hubo esclavos y esclavas africanas, las piezas fueron tratadas de falsificaciones y casi la totalidad fueron destruidas. Esta destrucción del patrimonio opera como forma de invisibilización y des-marcamiento, reafirmando una identidad blanca, despreciando otras identidades, en este caso afrodescendientes.

Reparar la ruptura del ser humano con la naturaleza implica que enfrentemos con otros gestos e ideas la gravedad de los dilemas del presente. Por eso, cuestionar las quemas en las islas (que teje un hilo al corazón de la modernidad capitalista), se hace trama con el nudo en la garganta que sentimos ante los discursos racistas y odiantes que se han disparado. Cómo revelamos los motores históricos de esta negación del otro y de la otra que parece de moda?, qué hay de viejo y de nuevo en la descalificación de lo marrón, el odio al cabecita, el miedo a la barbarie?, cómo es que el odio hace carne en cuerpos jóvenes, en medio de la noche antigua que canta sin cesar? Y entonces: cómo procesamos mirando al futuro ese disparo, el de fuego, que casi termina en magnicidio? La seguimos pensando: si la historia está adelante, qué hacemos con el tiempo que está después?

 “Pacha = tiempo-espacio, kuti = vuelta, turno, revolución. Como muchos conceptos andinos, pachakuti puede tener dos sentidos divergentes y complementarios (aunque también antagónicos): el de catástrofe o el de renovación”. Silvia Rivera Cusicansqui. Podés leerla en nuestra Birriteca!